Ayer tome el colectivo a las 11:30 con destino a bahía blanca, era una noche fría y llena de melancolía (o así me parecía a mi), no quería despegarme de mi amor, acepto con orgullo que odio las despedidas aunque intente disimularlo es algo que no puedo ocultar. La despedida con el parecía no terminar mas, los segundos eran totalmente eternos llenos de felicidad pero se volvían ágiles al avanzar las manecillas del reloj.
Subo al colectivo, deseando viajar sola pero cuando llego a mi asiento nº 16 me encuentro con hombre robusto con una mirada triste pero amable. Me siento junto a el escuchando atentamente la conversión que mantenían las dos personas que viajan en el asiento de adelante. El le contaba a una señora que iba a ser padre, y que era aviador mientras que la mujer le contestaba que su pequeña hijita que venia en camino iba a convertirse en su peor adicción. Sentía una inmenza ternura al escuchar a las dos personas de enfrente pero no podía evitar la mirada perdida que llevaba mi acompañante.
Después de media hora el acompañante desconocido habla suavesito para no molestar a nadie y comenzamos a charlar, nuestra charla duró unas agradables tres horas... y me di cuenta que no estaba equivocada en lo que me decían esos ojos.
El contaba sus problemas de una manera discreta como si quisiera ocultarlos, no estaba seguro de lo que hacia, me decía que el no solía hablar mucho y en ese mismo instante comprobé mi teoría de que desnudarse ante un desconocido siempre es mas fácil.
Preocupado por sus problemas le di una de mis charlas filosóficas sobre la vida, y el amor y pude notar una mirada de esperanza. De esas que se ven en los niños cuando vuelven a levantarse después de una caída secándose las lágrimas.
No les voy a contar de lo que se trato el problema, quizá no tenga sentido guardar tanto misterio porque al fin y al cabo son solo palabras envenenadas, débiles palabras envenenadas que solo pueden combatirlas con alegría y miradas de esperanzas.
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